martes, 12 de febrero de 2013

Trabajo que realice para Teo. Espiritual. Regla de San Benito


Introducción
Para San Benito, la vocación consiste en una verdadera búsqueda de Dios (Cap. 58). El contenido y fin último de los sacerdotes del monasterio es que avancen más y más por el camino de Dios (Cap. 62) y por medio de la Regla, San Benito ha llegado a ser un guía en ese camino, al exponer un “código” para los que anhelan una realización plena del ideal cristiano.[1]
Los capítulos que desarrollaré en este trabajo, reflejan la respuesta del hombre al llamado de Dios. Los cuales muestran los aspectos de “sumisión” a Dios, como son la Obediencia, el silencio y la humildad.
Una primera respuesta que el hombre hace la realiza mediante  la obediencia (Cap. 5), en la que nuestro autor trata las cualidades de la misma y cuya finalidad es hacer la voluntad de Dios, renunciando a la propia voluntad; teniendo un espíritu de escucha  y de respuesta, que será reflejada en la imitación de Cristo. Estos son los puntos que desarrollaré más adelante. El segundo momento es el silencio, en el que San Benito dedica el (Cap. 6) de la regla, silencio que una vez practicado manifiesta la fecundidad espiritual y es revelador  de los múltiples sentidos. Por ultimo desarrollaré el tema de la  humildad (Cap. 7) como camino interior y como un crecimiento que se ve reflejado en los grados de la humildad que presenta el obispo de Nursia
Para realizar el este trabajo utilizaré como fuente básica el comentario a la Regla de San Benito de Albert Vogue enriqueciéndolo con investigaciones de especialistas sobre  la espiritualidad benedictina.


1-    Notas principales de la espiritualidad benedictina.
La Regla Benedictina se dirige a los monjes, pero de ella se han alimentado generaciones de laicos, para los que viven esta espiritualidad en el mundo y que consiste fundamentalmente en buscar, ante todo, la gloria del Padre y el seguimiento de Cristo en la fidelidad al Espíritu Santo, ordenando las circunstancias de la vida para que ese equilibrio de objetivos, de principios, de elementos, no se resienta con el trajín o el olvido.

Señalo aquí, siguiendo a Martín de Elizalde, OSB[2] algunas de las principales características, que están presentes en la Regla y Hacen a la vivencia espiritual Benedictina, como es el tener a Cristo y a su amor en el centro no anteponiendo nada a Él , porque  su principio es el amor, el cual inspira la respuesta a la llamada de Dios y es el impulso y la razón de la propuesta Benedictina; amor que es manifestado en la vida de la comunidad como una segunda nota a remarcar ya que la familia del monasterio es un cuerpo, con una sola alma y un solo corazón (cf. Hech. 4, 32). De allí deriva la virtualidad espiritual y el alcance educativo de la comunidad, de acuerdo al soplo agustiniano que Benito incorpora en su Regla. Pero la comunidad no se vuelve una fuerza colectiva y anónima, que modela y avanza, masificada, sino que es a su vez modelada, dirigida, integrada, por la acción del Espíritu, y que es movido por lo que podríamos llamar la tercer nota que es el deseo de Dios que es expresado en el diálogo continuo en la oración y que brota del amor y se consuma en la contemplación ; precisamente la oración es otra característica de gran valor en la vida del monje ya que en ella de ven involucrados el deseo del que hacíamos referencia y la contemplación de Dios y de su obra.

Es de notar que en las características o notas mencionadas sobresale un elemento que es importante marcar y que desarrollaré detenidamente en el siguiente punto que es el de la obediencia, porque el monje tiene como modelo a Cristo, el rey verdadero y único (Pról. 3; 61, 10), a quien se sirve y adora es, sin embargo, el mismo que se presenta humilde y obediente como modelo (7, 34). En la vida del monje, como vamos a  intentar  demostrar, el amor a Cristo lleva al seguimiento, el seguimiento de Cristo se hace por la obediencia, la obediencia incorpora al Cuerpo de Cristo representado en la comunidad monástica, que ora y trabaja unida, subordinando todo al amor del mismo Cristo, “el cual nos lleve a todos conjuntamente a la vida eterna” (72, 12).




2-    La Obediencia( Capítulo Cinco)
“no viven a su capricho ni obedecen a sus propios deseos y gustos, sino que andan bajo el juicio e imperio de otro, viven en los monasterios, y desean que los gobierne un abad. Capítulo (5,12)”
De todos los instrumentos de vida y perfección comenta San Benito tres: La Obediencia, el Silencio y la Humildad; dice que la obediencia es el primer grado de humildad o sea de toda la perfección.  Precisamente en este punto me detendré  y ampliare bajo tres puntos como son: la negación de la propia voluntad para hacer la de Dios y de esta manera disponerse a  para escuchar y responder a lo que el Señor pide  y de esta forma hacer de la vida una continua imitación de Cristo.
2 a) No mi voluntad, sino la voluntad de Dios
“No vine a hacer mi voluntad sino la de Aquel que me envió” (Jn 6,38)
La obediencia monástica se dirige a Dios y la única finalidad es hacer  su voluntad. Los hombres al permitir que Dios haga su Voluntad, lo hacen mediante un acto voluntario y libre. Este hacer la voluntad de Dios no es connatural del hombre sino que es el grito del espíritu, pero el hombre al cumplir esta voluntad  debe erradicar  la propia voluntad. Porque la voluntad de Dios aparece como opuesta al querer humano. Este obedecer renunciando a la propia voluntad hace al monje capaz no sólo de seguir a Cristo, sino también de vivir en armonía y amor con otros seres humanos[3]
Hacer la voluntad de Dios y no la propia es el primer fundamento de la obediencia monástica. Junto al hacer la propia voluntad, la obediencia  combate los deseos de la carne, que son en términos paulinos: idolatría, la enemistad, los celos, etc. (Rm 3,65-66). A las que  todo hombre esta sujeto. Según la RB, esta voluntad propia es enemiga no sólo de la obediencia sino también de la humildad, del discernimiento comunitario y de una comunidad de amor.[4]
1 b) La Obediencia como escucha y respuesta
La obediencia tiene tres polos y no dos. Además del monje y el superior está también Dios. Ambas partes deben hacer lo posible para saber lo que Dios quiere. La importancia de la obediencia se relaciona con otra gran virtud como es la de la escucha. La palabra “escuchar” u “oír” es usada en la RB, en la mayoría de los casos, en conexión con la Sagrada Escritura, y es a la Biblia a la que principalmente le debemos obediencia[5]
Una escucha que  no solamente es oír y comprender, sino que  también consentir y obedecer a los superiores ya que en ellos se da de un modo privilegiado esa escucha de la palabra que salva. La vida  se convierte en una escucha de Cristo, de Dios que usa personas, situaciones y leyes para comunicarse. Y esta obediencia construye y sostiene la vida comunitaria. Se puede agregar finalmente que el superior es el mediador más adecuado de la voluntad de Dios, porque la persona que tiene la autoridad es la que debe velar sobre todo en vista al bien común.[6]

1 c)  La obediencia como imitación de Cristo
Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí.
Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran (Mt, 7,13-14)
La imagen de la puerta angosta es lo que lleva a dramatizar el hecho de someterse a los superiores, esto implica tomar el camino de la prueba incluso el del martirio. En el  paso de la voluntad divina a la humana a través de los superiores, se dan los tres primeros grados de la humildad, que desarrollare más adelante, pero que es preciso mencionar aquí porque para hacer la voluntad del Padre a imitación de Cristo es necesario renunciar a la propia voluntad, los deseos de la carne y por último someterse al abad en total obediencia. El fundamento de esto último, como dice el Maestro en su doctrina, es porque para obedecer a Dios, hay que obedecer al hombre que lo representa, al doctor, al abad[7]
En el capítulo 5 descubrimos aún un tercer aspecto de la obediencia, pero que está más escondido. En el v. 13 el monje es llamado a “imitar” a Cristo San Benito tuvo que responder con respecto a la obediencia, al servicio y la generosidad. El repite siempre que debemos imitar a Cristo que se hizo obediente hasta la muerte (RB 64, 65, 69, 81, 83, 131). Una obediencia tal nos librará de la amargura; aceptamos por la fe y el amor la posibilidad de imitar al Señor en su obediencia[8] El querer de Cristo es lo que demuestra la necesidad de renunciar a la propia voluntad para hacer la de Dios.
La oposición de los quereres, el de Dios y el de los hombres, resulta de una serie de dichos de Jesús “no he venido a hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió (Jn 6,38”). El amor acompaña todo el curso de la obediencia. En RB 4, 21 dice que el monje no debe “anteponer nada al amor de Cristo”. Porque la obediencia que prestamos a Cristo es a imagen de la suya y su prolongación.
A modo de conclusión sobre el gran tema de la obediencia podemos afirmar que la comunidad se constituye y se fortalece a través del amor a la obediencia. Esta nos lleva a un diálogo con el Señor de escucha y respuesta impulsando a vivir su propia vida. Y todo esto fomenta la libertad y madurez personal. Nos hace disponibles los unos para los otros y para la meta de la comunidad que es la realización de su voluntad salvífica en el mundo.[9]

3-    El Silencio (Capítulo Seis)

“En el mucho hablar no evitarás el pecado” (Prov. 10)
A partir de aquí tomaré para la reflexión al capítulo 6 donde San Benito aborda el tema del silencio, ya que en una Regla monástica no podía menos hablar sobre este, al que el nuestro autor llama taciturnidad, y por el cultivo del silencio es un factor importante en el programa de la ascesis, para evitar el pecado, y para conservar y aumentar la vida interior; puntos que serán abordados con más amplitud en los puntos siguientes de este trabajo.
3 a)  El Silencio como ascesis – prudencia
En este capítulo encontramos el motivo de la actitud que San Benito quiere encontrar en el hacer silencio por parte del monje: guardarse del pecado que difícilmente se evita donde hay abundancia de palabras. San Benito sugiere que el monje escuche al anciano naturalmente y ante todo, al maestro interior.[10] .En la regla Benedictina se da importancia a este tema porque el silencio permite en primer lugar  alabar a Dios, luego indica como debe ser el uso de la palabra que es dirigida a los hombres, prohibiendo las bromas pesadas y las risas desmesuradas, y también realiza una indicación sobre el silencio nocivo que hay que evitar.
El silencio –la taciturnitas– es la actitud para oír, actitud interior que exige una disposición exterior de silencio. El silencio es pacificante; el silencio no es mutismo; San Benito usa el término taciturnitas, que significa moderación en el hablar, o mejor, es el ambiente de la Palabra.[11]. La “taciturnitas” es más bien una disposición que, al unificar el espíritu y sus centros de interés, permite evitar palabras inútiles; es una actitud recogida y reservada, una preferencia por la recepción o la conversación interior con Dios siempre que la palabra no sea necesaria.[12]
La vida monástica consiste esencialmente en imponerse ciertas renuncias, renunciar tanto a la libertad de hablar como a la de actuar, al uso de la lengua como de la voluntad. Al igual que las otras renuncias, el silencio una vez que es practicado manifiesta su fecundidad espiritual y revela sus múltiples sentidos. Es una  ascesis que en el comienzo exige disciplina y esfuerzo, pero que con el tiempo se hace familiar y fructífero en la medida en que se enriquece en el diálogo con Dios en la oración. Así el silencio se convierte para el monje en una exigencia y en un alimento sumamente espiritual y tonificante de modo que ya no será capaz de vivir sin él.[13]

3 b) El Silencio como “nota” esencial de la vida espiritual Benedictina
“Hablar y enseñar compete al Maestro;
callar y oír conviene al Discípulo”
El silencio por humildad, del discípulo y para evitar el pecado se relacionan con los datos esenciales de la vida espiritual. Por eso el monje debe reconocer en el silencio una señal de humildad y relacionarlo con un esfuerzo de purificación interior que lo lleva a la caridad. El silencio lleva a la práctica de la meditación escriturística durante el trabajo y durante todo el día y en toda actividad que se realice en el convento. Este es el motivo por el que se insiste en un esfuerzo de anonadamiento por medio de la retención de la lengua, la moderación de la voz, la reserva en el reír, todas estas renuncias llevará al monje a escuchar a Dios.
El silencio de este modo aparece como un medio poderoso para conservar la paciencia, es decir, la paz, el desprendimiento y el  amor: “el alma, calladamente se abraza con la paciencia”. Esto no se puede practicar si no es una disposición ya habitual[14]. Por último hay que indicar que el abstenerse de hablar tiene como fin el obedecer la voz de Cristo, y de esta manera huir del pecado.
¿Cómo resumir (si fuera posible) el pensamiento de san Benito? El silencio para él aparece sobre todo como una disposición de “táctica”. El monje, en efecto, no debe correr el riesgo de dejarse dominar por las pasiones, las tentaciones o el descuido (siendo este último con frecuencia un enemigo tanto más temible cuanto que tiene una apariencia más inocente y perdonable).[15] El espíritu de silencio y la disposición al silencio tienen y guardarán siempre, por las razones evocadas anteriormente, un lugar fundamental en la vida benedictina, y se traducirán concretamente en un silencio efectivo, según modalidades conformes a las necesidades de cada monasterio.




4-La Humildad (Capítulo Siete)
El que se humilla será elevado” (Lc 14,11).
San Benito se propone tratar de la humildad, no en cuanto virtud especial, sino en cuanto es un estado, temperamento y disposición fundamental, un complejo de virtudes morales que abarca toda la trama de la vida espiritual desde el hondo cimiento hasta la más empinada cima de perfección, presentado así un tratado completo de ascesis monástica.
4.a)  Los grados de la humildad
El Benito de la Regla conduce a sus discípulos por el camino de la humildad articulándolo en doce (12) grados, tomando como fuente a Casiano: el itinerario del temor a la caridad, descrito por el abad Pinufio[16].
Los doce grados de la humildad están formados por: El temor de Dios  que constituye el primer grado. Los diez (10) indicios de Casiano, van enriquecidos con pruebas escriturísticas y transformados en grados ascendentes, lo cual le da un aspecto de programa obligatorio y de método que debe seguirse paso a paso, culminando con el duodécimo que responde al primero.
Los doce grados de la humildad[17], Por el primer grado de humildad, la vigilancia atenta y animosa de la fe, el monje abre los ojos a la presencia de Dios, sus palabras, los mandamientos de su Alianza, su amor y sus promesas.
En el segundo grado de humildad el monje cobra cariño a la voluntad de ese Otro a quien comienza a preferir a sí mismo. Sabemos cuánta necesidad tenemos de desprendernos de nosotros mismos para amar en verdad, de liberarnos de nuestro espíritu posesivo o defensivo, de nuestros temores, de distendernos, adhiriéndonos más y más a Alguien cuyo proyecto invade nuestra vida y que consideramos como más grande que nosotros, mejor que nosotros, preferible a nosotros
Complacer al Otro, más que a sí mismo) conduce al tercer grado de humildad, es decir a una voluntad decidida a coincidir con Su voluntad. Ahora el deseo quiere ser comunión hasta el punto de dejarse conducir, en todo si es posible, por el Otro y de alcanzar con el título de “amigo” a Aquel que por excelencia coincidió con la voluntad del Padre: al Señor Jesucristo.
El cuarto grado muestra al monje como “sorprendido”, desconcertado ante la aspereza de la vida monástica, las contradicciones con que no contaba, y esto en el interior mismo de su adhesión a la voluntad de Dios. Le sobrevienen dificultades de toda clase: incomprensiones, oposiciones, injusticias, soledad, aflicciones del abad o de los hermanos, quizás sin que se den cuenta. Esta etapa forma parte del itinerario normal del monje. En ella experimenta la finitud de la naturaleza humana, la de los demás y la suya propia, finitud de orden psicológico, físico, moral y espiritual.
En el quinto grado de humildad, se da una integración más profunda de la miseria en el itinerario espiritual descubrimos nuestra miseria interior, la que nace de nuestro propio fondo, de pensamientos, de veleidades, de deseos, de rebeldías, de movimientos del alma, de pasiones, de toda clase de ideas, contrarios a Jesucristo y que surgen en nosotros como para recordarnos que una parte importante de nosotros mismos todavía pertenece profundamente al hombre viejo. El monje se servirá justamente de esta miseria sutil y solapada para caminar hacia Dios. Se atreve a mirarla de frente porque su fe ha llegado a ser viva, y ve ante todo y en primer lugar el amor de Dios por él.
Los grados sexto y séptimo son los más incomprensibles a los ojos de la sola psicología En ellos la integración de la miseria en el itinerario espiritual es aún más profunda. En el sexto grado de humildad, el indicio de la acción de Dios en el corazón se traduce por una conciencia más viva y más habitual de ese “fondo de miseria y de pecado” que nos amenaza. El monje, en efecto, ya no se “sorprende” cuando enfrenta una situación de sufrimiento o de contradicción. En el séptimo grado de humildad, el monje hace suyas, con toda la convicción interior de la experiencia personal las palabras de los anawîn de los salmos: “Yo soy un gusano, no un hombre, oprobio de los hombres, rechazo de la gente...”
Es imposible comprender los grados sexto y séptimo de humildad fuera de este contexto espiritual de conversión y de invasión del amor de Dios. Es Dios mismo quien invade y transforma. Los grados de humildad son indicios de la obra de transfiguración del hombre por Cristo, Hombre nuevo.
En el octavo grado de humildad, el monje habiendo sido iniciado en el fondo de él mismo en las profundidades de la acción de Dios, evita toda particularidad que lo haría destacar y prefiere entrar en una especie de anonimato, en la vida escondida en la comunidad, según las simples observancias de la Regla y los consejos de los ancianos.
En los grados noveno, décimo y undécimo es muy interesante observar todo lo que se puede poner bajo el término humildad. El hecho de haber tomado como punto de partida y como asiento de la humildad todo lo que abarca el vocablo “voluntad” permite aquí consideraciones sobre lo que podríamos llamar la disciplina de la palabra.[18]
A modo de Resumen este breve análisis da algunos elementos de una gradación. Los grados primero a quinto conducen a una cierta interiorización; los grados sexto y séptimo se presentan como aplicaciones en los diversos ámbitos de las tareas impuestas por la vida; el duodécimo a la compostura y a la manera de mirar a los demás; los grados noveno, décimo y undécimo se refieren a su vez a las exigencias del desprendimiento en la palabra y en la risa.[19]  O de otra manera podemos indicar que los primeros cuatro grados de humildad, forman los cimentos del edificio espiritual de la vida Benedictina y nos dicen en qué consiste esencialmente la humildad de la criatura, del cristiano, del monje y desde el quinto grado será la aplicación práctica de esos mismos principios, ahondando en los cimientos de la vida mortal y perfecta.
3 b) La humildad como camino interior [20]
Para san Benito la humildad tiende a convertirse en experiencia cristiana y monástica fundamental. Podemos distinguir dos tipos más particulares de humildad. Hay un primer tipo de humildad llamada de abajamiento, y otra de quebrantamiento o contrición de corazón; estos dos puntos de vista de la  humildad nos muestran un camino interior que realiza quien los vive.
La situación de abajamiento saca fuerza del ejemplo de Cristo, que ha venido a insertarse en nuestra miseria para estar fraternalmente presente en ella y cargar con todo su peso. Gracias a nuestro bautismo, cada uno de nosotros lleva en sí este dinamismo de abajamiento. No es por lo tanto una ley que nos sea impuesta desde el exterior, es una ley que llevamos en el interior de nosotros mismos: como cristianos nos hemos comprometido a este abajamiento exaltación por Cristo, que vive en nosotros y que continúa viviendo su misterio pascual. En ese misterio, Cristo vino a contarse entre los pecadores. Lo mismo vale para nosotros, no sólo no huimos de la conciencia del pecado, no tratamos, por medio de toda clase de astucias del amor propio, de evitar ese momento de verdad como lo haría una falsa humildad, sino que, por el contrario, aceptamos tomar conciencia de nuestro pecado y abajarnos hasta el último lugar, en medio de los pecadores y hasta por debajo de ellos.
La segunda forma de la humildad es la de la experiencia de la humildad contrición de corazón es fundamental en la vida espiritual. En medio de la prueba tomamos conciencia de que somos pecadores. No es un sentimiento difuso de pecado o de culpabilidad que nos sería dado o impuesto por un súper yo psicológico, es nuestro verdadero pecado que se nos revela bajo la mirada de perdón que Dios arroja sobre él. Es este corazón quebrantado el que volveremos a encontrar en la cumbre de la experiencia monástica, en el personaje tipo del publicano, quizás el más evangélico de todos. La confesión humilde y confiada del pecado hecha a Dios se ha convertido ahora en una oración que interiormente brota de fuente inagotable. Se expresa pronto en todo el exterior: en los gestos, en el andar, en el porte.
Conclusión
Después de hacer este breve trabajo sobre los tres capítulos que muestran la respuesta del hombre a Dios podemos destacar algunos puntos significantes haciendo una reformulación de lo tratado.
En primer lugar destacar a la Obediencia Benedictina como el primer grado de la humildad es decir de la perfección, la cual es alcanzada por la caridad manifestada en el amor a Cristo, imitándolo. San Benito quiere que al obedecer se piense en Dios, ya que en atención a el se obedece, no prescindiendo de la persona del superior, ya que el superior es el mediador de la voluntad de Dios, mediación humana, si, pero autorizada, imperfecta y al mismo tiempo vinculante; punto de partida del que arrancar cada día y punto también que sobrepasar con impulso generoso y creativo hacia la santidad que Dios quiere para cada consagrado[21] .
En forma contigua de haber tratado de la actividad del monje  traducidas en obras sometidas a la Obediencia trata sobre el silencio cuya intención no es la de amordazar al monje sino que es una disposición para hablar con Dios y poder escucharlo ya que. Lo que Dios quiere decir y hacer lo revelará primero a los que están en su secreto. (Amós 3:7) además de este silencio “espiritual”, también se pide el silencio material, para favorecer el trabajo y la divina contemplación dentro de la soledad sonora por el paso de Dios.
Por último San Benito en el capítulo siete nos presenta los doce grados  de la humildad para alcanzar la perfección, grados que muestran la modestia del monje, la ascensión de los grados parece ser difícil, pero se hace necesaria, si se quiere que el alma guste de Dios y llegar a su unión por la caridad. Tras el esfuerzo ascético se ve esta unión divina contemplación, de la vida celestial que comienza y en la que “veremos, amaremos, gozaremos, alabaremos hasta el fin sin fin”[22]



[1]  Manuel, María Huefelder, OSB, Comentario a la Regla de San Benito, Cuadernos Monásticos, Año XIV. Nº 51, 1979

[2]Martín de Elizalde, OSB, Sobre la Regla de San Benito, Cuadernos Monásticos, Nº 52 1980


[3] Hna. Aquinata Böckmann, osb La búsqueda de Dios, el camino Benedictino, Curia general de la Orden Cisterciense, Roma 2002, En http://www.ocist.org/biblioteca_cistercense.htm

[4] Hna. Aquinata Böckmann, osb
[5] Hna. Aquinata Böckmann, osb
[6] Hna. Aquinata Böckmann, osb,

[7]RM 1,88 en Albert Vogüé, La Regla de San Benito, Zamora 1985
[8]Hna. Aquinata Böckmann, osb
[9] Hna. Aquinata Böckmann, osb .

[10] Gérad Dautremer, OSB, El Silencio en la Regla de San Benito

[11] Dom Celestino de Barros Moraes, OSB, Plan y contenido de La Regla de San Benito Cuadernos Monásticos, Nº 68, 1984

[12] Gérad Dautremer, OSB, El Silencio en la Regla de San Benito
[13] Ibid.

[14] Gérad Dautremer, OSB, El Silencio en la Regla de San Benito

[15] Gérad Dautremer, OSB, El Silencio en la Regla de San Benito

[16] Casiano, Inst. 4,39 en Albert Vogue, La Regla de San Benito, Zamora 1985
[17] Emanuelle Latteur, Siguen siendo actuales los doce grados de humildad de la Regla de San Benito, Cuadernos Monásticos, Nº 69, 1985, presento aquí un resumen de  este artículo sobre lo que expresan cada uno de los grados de la humildad.


[18] Antoine Vergote, una aproximación Psicológica a la Humildad en la Regla de San Benito

[19] Antoine Vergote, una aproximación Psicológica a la Humildad en la Regla de San Benito

[20] André Louf, OCSO, La Humildad, Cuadernos Monásticos, Nº 37

[21]  Congregación Para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólicas, El Servicio de la Autoridad y la Obediencia, Nº9 Ediciones Paulinas Buenos Aires 2008
[22] San Agustín, Ciudad de Dios XXII,

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